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AMANECER EN ROOSTA
No sé cómo he llegado a este lugar. No logro identificar ninguna de las marcas que cuelgan de las paredes. Mi cabeza en su sitio. Mi estómago en reposo. Mis piernas se alargan hacia el extremo de la cama con total displicencia. Reconozco que la mayoría de los zapatos que he comprado son de color café.
Oigo un rumor de procesión que avanza pecho afuera desde el centro de la tierra. Veo a mi tribu cruzando los valles hacia el fin de los tiempos sin mi. Los que lucen intactos van delante sin mirar atrás. Los mutilados y los melancólicos van de cola sin prestar demasiada atención a las colinas circundantes. Casi todas mis camisas han sido desabrochadas por mujeres que no sabían muy bien con quien se estaban metiendo y van ahora en medio de la fila que cruza el valle.
Cuando era joven prefería decir la verdad, de acuerdo con las recomendaciones de mis padres. Por tal motivo, perdí credibilidad ante los mayores de mi tribu y hube de pasar gran parte de mi madurez vagando a solas por las carreteras del país. Iba y volvía sin mucho asunto, pero dichoso de poder moverme constantemente entre dos puntos. Ahora estoy aquí en este hotel extraño, como un tenista eliminado en primera ronda, sin que mi vida parezca importarle un comino a nadie que no sea el conserje.
No deseo continuar nada ni menos recomenzar. Soy, nomás. Y estoy. Disfrutando del amanecer en Roosta, lugar por el que no siento apego ni animadversión. A veces suelo ponerme una venda negra y un poco de perfume al acostarme para hacer más agradable la travesía a las otras realidades. Así logro inmiscuirme entre los demás de la caravana y caminar un tramo junto a los míos, hasta que un persistente sonido me arroja violentamente al exterior, donde vuelvo a sentirme honesto, solitario e inútil.
del libro inèdito: Ok:KO
tomado de: http://lavquen.tripod.com/riedemann.htm
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